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Conoce al “susurrador” de los trenes a vapor

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Es difícil – en esta edad de comer sanduches para almuerzo y pasarte el día actualizando tu feed de Twitter – imaginar haber trabajado para la misma empresa durante 32 años, dedicando tanto de tu energía y tiempo, y toda una vida… a solo una cosa. Y que el enfoque de toda esa energía y tiempo haya sido hacia objetos inanimados es quizás aún más difícil de comprender. Pero ese es el caso de Edgar Garcés, el maestro de máquinas de Ferrocarriles Ecuador, que ha dado su vida a los motores que él y su equipo mantienen “vivos”, día tras día, recorriendo el país.

 

Edgar escucha al motor, escucha el tren. Escucha como respira, se queja, empuja… escucha sus manivelas, sus silbidos. Cada ruido significa algo para Edgar y su copiloto. Y nada da por sentado. Décadas de experiencia han perfeccionado sus habilidades a la de un piloto de Fórmula 1. ¡Sólo que este vehículo no va más rápido que 50 km/hora!

 

“Algunos vecinos míos me contaron sobre la oportunidad de trabajo en ferrocarriles”, nos cuenta. Había terminado recientemente su servicio militar. No tenía ni idea de qué se trataba, pero aplicó de todos modos. Eso fue en 1985. Pasó los siguientes cinco años trabajando como fogonero en los trenes a vapor, dejando su ciudad natal de Riobamba para trabajar en Huigra, más cerca de la costa.

 

“Fue un trabajo difícil”, recuerda. Muchos de sus colegas no se quedaron. Pero tuvo la suerte de ser seleccionado para conducir las nuevas locomotoras electro-diesel que Ferrocarriles importó en 1993. En 1998, quien lo hubiera formado al inicio, se retiró, dejándolo como el único ingeniero en el país capaz de conducir los trenes a vapor. Estos fueron tiempos difíciles, con una gran falta de inversión, lo cual había comprometido su trabajo aún más.

 

Luego vino 2007, cuando los ferrocarriles ecuatorianos fueron declarados parte del patrimonio nacional, y con ello, llegó la inversión. “Fue una gran sensación,” nos cuenta. “Fue algo muy bueno. No creí que iba a pasar al principio, pero la rehabilitación resultó ser verdad y completa.”

A medida que la inversión en estaciones e infraestructura se volvió realidad, los motores también gozaron de una restauración completa. Edgar pudo compartir sus conocimientos y habilidades con los ingenieros encargados de rehabilitar las máquinas a vapor y transmitir todo lo que él había aprendido. “Fue una gran cosa,” recuerda. “Parte de nosotros está dentro de estos trenes. Son como nuestros hijos. Te sientes orgulloso de que parte de ti vivirá en ellos. Podríamos no estar aquí para siempre, pero los trenes y los ferrocarriles seguirán.”

 

Hoy en día, son cinco los ingenieros que pueden conducir los tres trenes a vapor actualmente en marcha a lo largo de los varios segmentos del ferrocarril. Esto significa que Edgar no tiene que correr por todo el país para atender a cada uno. Y dos locomotoras más están a punto de ser incluidas en las operaciones diarias.

 

Al observar a Edgar en el trabajo a bordo del tren a vapor #58 mientras se dirige desde Urbina hasta Riobamba, uno puede imaginarse que podría hasta hacer el trabajo dormido. De hecho, probablemente hay momentos en que lo hace. Sus movimientos son constantes, su concentración intensa. Sus manos se mueven entre las múltiples válvulas y palancas sin que tenga que mirarlas, sus años trabajando con estas máquinas es evidente. Es la respiración del motor lo que más importa.

 

Nunca descansa mientras conduce el enorme vehículo de metal. No hay tiempo para sentarse y disfrutar del paisaje. Él está constantemente ajustando, girando, comprobando, comunicándose con su vehículo por encima del ruido.

 

Escondido en un lugar a la derecha de la enorme masa cilíndrica del horno, Edgar mira la pista por delante a través de una pequeña ventana, echa a veces la cabeza hacia atrás para revisar el convoy a través de la ventana del lado derecho. De vez en cuando, su mano izquierda alcanza el cordón que libera el silbido estridente de la locomotora.

 

Su tono, un tono descendente, podría ser interpretado como triste. Pero, en el contexto de esta nueva era “de vapor” de los ferrocarriles ecuatorianos, es una explosión de alegría, brillante y exaltada. Afirma rotundamente que el tren sigue viviendo, que la magia tiene un hogar dentro del corazón palpitante de estas locomotoras y de hombres como Edgar, el maestro de máquinas, que los conducen.

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