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La Nariz del Diablo: Una combinación diabólicamente dramática, bella y compartida en comunidad

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“Bienvenidos al ferrocarril más difícil del mundo “, exclama nuestro guía, Paúl López, poco tiempo después de abordar. No, no es una hipérbole para darle un toque turístico, es, sin duda, una bienvenida dramática pero verdadera. El ferrocarril de Ecuador fue realmente una de las hazañas más difíciles de la ingeniería de la “era del acero” que construyó pistas de ferrocarril en todo el mundo. Hoy en día, también debe ser reconocido como uno de los trenes más bellos del mundo.

 

En todo el tramo férreo del Ecuador, hay uno en particular que es visto como el más difícil de todos, que une las tierras costaneras del país con las tierras andinas: la Nariz del Diablo.

 

El viaje comienza en el pequeño pueblo de Alausí, que está escondido en las faldas de las inminentes montañas de los Andes Centrales. Un lugar cuyas fortunas estaban y están inextricablemente ligadas al ferrocarril que lo conectó con la costa y con la capital a principios siglo 20.

 

 

Son las ocho de la mañana y el tren sale puntual, el silbato de la locomotora atraviesa el tajante aire andino. El convoy comienza su viaje cuesta abajo, ceñido alrededor del contorno de las colinas, mientras dejamos la ciudad atrás, y después, los terrenos cultivados, hasta que nos encontramos en el campo radiante y verde con el sol de la mañana.

 

La característica que destaca más del viaje es que en una corta distancia, la vegetación andina cambia rápidamente a la costeña. Descendemos casi 500 metros en tan sólo 12,5 kilómetros de pista. Al estar en el ecuador, esto significa que el cambio en el clima y el entorno es, sin duda, dramático.

 

Al cruzar las montañas, nos encontramos en la tierra de las papas y las moras, pero cuando llegamos a Sibambe, nos rodea un reino de caña de azúcar y aguacates. Tiempo de viaje: 40 minutos.

 

El viaje de un mundo a otro se vuelve más dramático a medida que descendemos. Las vías fueron talladas, algunas literalmente a mano, en otras sí usaron dinamita. Y se aprecia la vista vertiginosa de las aguas turbias del río Alausí.

 

Luego llegamos a la parte más ingeniosa de la vía, donde los ingenieros tuvieron que idearse una nueva forma de rodear la montaña. Usaron caminos en zigzags en la ladera de la montaña, que permitieron que el tren subiera o descendiera. Primero sigue un camino y después, el inverso. ¡No cabe duda de que es una sensación extraña!

 

 

Una vez que llegamos a Sibambe, tenemos tiempo para admirar desde abajo la montaña que acabamos de descender. Es una gran roca verde, en la que algunos dicen que ven una “nariz de diablo”. Pero, en realidad, el apodo tiene más relación con la tasa de mortalidad trágicamente alta cuando se construyó la carretera, que con la forma en sí.

 

En la estación de tren, nos recibe la comunidad de Tolte, un pueblo cercano, que da la bienvenida a los visitantes. Los lugareños realizan varios bailes a lo largo de la hora que visitamos los alrededores de la estación. Varios puestos ofrecen artesanías y productos de la región.

 

Uno de los puestos pertenece a Zoila Guamán, residente de Nizag. Ella es una de las 21 mujeres que forman parte de la corporación que gestiona los productos de la zona, principalmente artículos tejidos y hermosas bolsas, shigras, que pueden tardar hasta cinco meses en tejer y que provienen de las fibras del cactus cabuya.

 

“Nos turnamos para bajar del pueblo, es un viaje que a veces nos toma dos horas la ida y la vuelta”, explica. “Las ventas son un ingreso importante para nuestra comunidad. Nuestro miembro más viejo tiene 78 años, mientras que otras son madres solteras o amas de casa que complementan sus ganancias del cultivo con nuestra microempresa. Esperamos construir nuestra propia casa comunal pronto, y así tener nuestro espacio para tejer”.

 

Este negocio es tan sólo una de las empresas que el tren beneficia en la zona. En el Café del Tren, Estafanía Sause, de la comunidad de Tolte, también se ha organizado con la ayuda de la compañía de ferrocarril, y ha dirigido el negocio en la estación de tren desde el 2008.

 

“Me encanta nuestro trabajo aquí”, dice. “Podemos conocer a personas de todo el mundo, lo cual es increíble. Es una oportunidad para mostrar lo mejor del Ecuador”.

 

En los pisos superiores de la restaurada estación de tren, hay otra comunidad que dirige un hospedaje. Se puede pasar la noche aquí, en este lugar agreste y hermoso, donde los ríos Alausí y Guasuntos se unen para formar el río Chanchán, y donde se puede caminar o montar a caballo por las montañas.

 

 

La bocina del tren resuena demasiado pronto, indicando que es hora de regresar a bordo y retornar a la montaña, en dirección a Alausí y los Andes. Nos despedimos de los bailarines de Tolte con sus ponchos coloridos y faldas ondulantes, y pronto vemos al río desde lo alto, mientras viajamos por las rieles del tren hasta la sierra.

 

En el tren de la Nariz del Diablo se puede presenciar la diversidad de Ecuador: su drama, su belleza y su gente.

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