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El tren: El gran proyecto de Alfaro

El ferrocarril fue el denominador común de ambos lados del conflicto más importante de la historia republicana del país.

Originalmente impulsado por el presidente Gabriel García Moreno, un conservador conocido por desterrar a enemigos políticos a los infiernos de la Amazonia, al otro lado del espectro estaba el liberal (y no menos aguerrido) Eloy Alfaro, quien vio, en la entrada triunfal del ferrocarril a la estación de Chimbacalle el 8 de junio de 1908, la personificación de sus esfuerzos por traer prosperidad a Ecuador.

 

Es irónico que el ferrocarril fuera concebido por conservadores y concluido con la pompa del caso, por liberales. Pero más irónico aún, es el hecho de que Alfaro, tras décadas de dirigir la revolución liberal, fuera transportado como prisionero de Guayaquil a Quito en la misma locomotora número 8 que llegó por primera vez a Chimbacalle tres años atrás. Poco días después, Alfaro sería asesinado en los traspatios del Penal García Moreno, construido por el propio líder conservador en 1871.

El tren “más difícil”

La guerra fue cruel. Durante cerca de medio siglo, los liberales desestabilizaron al país con ferviente idealismo… Pero la creación del tren fue tan cruel como la revolución, y quizás peor, con miles de muertos a causa de la dinamita de mala calidad, los deslizamientos de tierra que plagaron la construcción, enfermedades tropicales como la fiebre amarilla, y otras calamidades…

 

Pero Alfaro no amilanó. Obsesiva e insistentemente comandó ambas empresas, considerándolas, incluso, sus razones de ser. A fin de cuentas, ambos proyectos, a pesar de su muerte, transformarían al país.

Eloy Alfaro: El niño terrible

El quinto hijo de Juan Alfaro y María Natividad ya llevaba, según sus mismos padres, el sino de la vida alborotada. Juan, exportador de profesión, había llevado al joven Eloy en la gran mayoría de sus viajes. Era, en realidad, el único hijo a quien llevaba, porque decía tener que supervisarlo de cerca por ocurrencias intempestivas.

 

A tan solo 22 años, secuestró al gobernador de Manabí con un grupúsculo de campesinos armados. Y terminaría remeciendo los cimientos de la república como ningún otro líder de la historia del país. Lo conmemoran nombres de calles, instituciones, organizaciones, plazas y parques a través del país.

 

Sorprende, sin duda, que su acta de defunción dictamine que “lo mató el pueblo” cuando la lucha de Alfaro fue siempre una lucha popular. Para abundar en la ironía, cuesta entender por qué alguien de una familia acomodada como la suya entregaría toda su fortuna a una utopía de igualdad social. Alfaro fue desterrado muchas veces. Cayó cargado de grillos otras tantas veces. Célebre fue su derrota frente a las tropas del presidente Caamaño, cuando por no rendirse, hundió su propia embarcación y escapó flotando, se dice, sobre un barril.

 

En Panamá, quedó en la ruina al gastar toda la plata acumulada de su emporio de sombreros de paya toquilla para financiar sus actividades insurgentes. Y a pesar de ello, la historia épica que trazó el llamado “Viejo Luchador” fue la de traer el siglo nuevo consigo, conduciendo a todo un pueblo hacia el viaje sin vuelta del liberalismo.

 

Su breve presidencia trajo al país la repartición de tierras más importante de la historia, la introducción del laicismo en la educación, políticas de inclusión para la mujer, la separación del estado y la iglesia, la libertad de culto, y claro, la construcción del tren que uniría por siempre a la costa con los Andes y definiría y conjugaría como nunca antes la identidad ecuatoriana.

 

Hoy, sentimos su profunda influencia en nuestra modernidad laica y democrática.

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