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Tren de la Libertad II

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A las 8 am nos encontramos en la Estación de Tren de Otavalo para embarcarnos en el primer tramo del Tren de la Libertad. Aunque es un día nublado, se divisan, a los dos lados, las poderosas montañas imbabureñas. Es evidente que esta provincia tiene otra energía. A poca distancia, están lugares como la cascada de Peguche, que, además de ser un punto de gran interés turístico, es dónde la comunidad indígena celebra ritos, limpias y festividades como el Pawkar Raymi (la “fiesta del florecimiento”, en kichwa), todos los años entre febrero y marzo, para agradecer a la Pachamama los frutos que obsequia.

 

¿Por qué Tren de la Libertad? El nombre honra varios íconos de liberación ecuatoriana, incluyendo la liberación indígena de los grandes obrajes para producir textiles, la recordada Batalla que libró Simón Bolívar frente a Agua Longo, en Ibarra, un hito fundamental para los objetivos independentistas y la liberación de los esclavos afrodescendientes de la zona norte de Imbabura durante la revolución de 1850.

 

 

Nuestra primera escala es la Estación de San Roque. Aquí, las tortillitas de tiesto (de maíz), con mermelada de mortiño, son el éxito y el Museo del Tren de San Roque revela la historia de un pueblo que “tejió” su progreso con cabuya a principios de siglo XX, durante el boom cacaotero. El ferrocarril fue el medio por el cual transportaban las mazorcas en costales de cabuya desde la Sierra hasta la Costa. Ya para la década de los 80, gran parte de la población se dedicaba a la producción de este material; hoy, lamentablemente, ha sido reemplazado por fibras sintéticas.

 

Media hora después llegamos a la Estación de Andrade Marín en Atuntaqui, donde cultivos de cebada, trigo, fréjol y maíz cubren los campos, con uno que otro cultivo de tomate de árbol y mora de castilla… Atuntaqui es la ciudad textil del Ecuador. Aquí hacemos una breve visita a la Fábrica Imbabura (creada en 1924).  Nos encontramos con máquinas gigantescas, dignas de una época de crecimiento industrial… si bien la fábrica cerró en 1965, el pueblo aún conserva la industria y ecuatorianos del norte del país no desaprovechan un fin de semana para comprar en sus tiendas todo tipo de ropa.

El volcán Taita Imbabura (a 4100 metros de altura) nos acompaña… viajamos a sus faldas. Al otro lado del tren se encuentra el volcán Cotacachi (4,900 metros de altitud). Cruzamos, entonces, el mítico Puente de San Antonio, con 120 años de antigüedad y seguimos un camino bordeado de tapiales, un tipo de construcción pre-inca de 80 cm de ancho de piedra y barro que separa los rieles de tren de las producciones agrícolas, hasta San Antonio de Ibarra.

 

En la Casa de Arte Taller de Escultura y Policromía, Hernán García nos da la bienvenida y nos presenta a su padre, Gabriel García, quien empezó a hacer escultura a los 12 años mientras pastoreaba el ganado de sus padres. Con su navaja, daba forma a los pedazos de madera de sauce que encontraba. Desde ahí, ha trabajado en lo que más le gusta, la imaginería religiosa, y son 6 sus hijos que se dedican a lo mismo. Gabriel y sus hermanos son la quinta generación dedicada a la escultura religiosa en madera en San Antonio. Actualmente el pueblo tiene aproximadamente 3,000 artesanos que se dedican al tallado, la escultura y la policromía, y aunque también trabajan en piedra, bronce y cobre, la reina es la madera. Pintores, escritores e incluso poetas han salido de este pequeño recinto. Luego de nuestra visita, salimos para empezar el descenso a Ibarra, la “ciudad blanca”, capital de Imbabura.

 

Ibarra – Salinas

 

Se dice que Ibarra es la ciudad menos contaminada del país, una ciudad conocida por sus paredes (en algún momento fueron todas blancas, aunque hoy sí se notan otros colores) y por sus helados de paila. Avanzamos por el valle de Imbaya, sector de haciendas, donde predomina la producción de caña, maíz y tomate riñón y se siente más que nunca la transición a un clima más cálido. Pasamos por cañones, ríos y largos túneles construidos a pico y pala (uno de ellos llega a ser 1 kilómetro… fue hecho con las propias manos de los trabajadores). El último túnel mide 200 metros y para construirlo tuvieron que perecer 100 personas.

 

Al mediodía llegamos al pueblito de Hoja Blanca a 1,800 metros de altura. En la parada nos reciben con comida típica, antes de avanzar a la esperada Salinas de Ibarra, cálida y divertida, y que nos recibe con el famoso baile de La Bomba, mujeres afroecuatorianas, descalzas, con faldas azules típicas y un ritmo envidiable, con botellas verdes en la cabeza que no se caen por más que se bamboleen. La ciudad está llena de color con sus hermosos murales que representan escenas de la vida cotidiana.

 

Caminamos algunas cuadras para llegar a la tiendita donde nos espera una degustación de dulces locales: maní confitado, miel de panela, chocolate dulce, trufas, helados, piña colada, queso con miel y mermeladas. Es en esta pequeña dulcería donde se revela un poco el impacto positivo que ha tenido el tren en la comunidad.

 

El recorrido termina en el museo artesanal de sal, donde podemos conocer el proceso para sacar sal de la tierra. Almorzamos en el restaurante comunitario Palenque y a las 15:30 volvemos a la estación de Tren para partir nuevamente hacia Otavalo.

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