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Experiencias

Un día con los hijos del Taita Chimborazo

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“¿Cuándo vuelves?” pregunta Eugenia Shesha con una sonrisa en su rostro. Me tienta quedarme aquí y no volver al bullicio de Quito. He estado en el pueblo de La Moya apenas una hora y media, pero este lugar ya tiene un espacio en mi corazón. Pueda que posponga mi regreso, y me quede por una noche…

 

La Moya se encuentra en los Andes Centrales, al noroeste de la capital provincial de Riobamba. Es un lugar pequeño, sin muchas actividades más que las tareas rurales diarias de los aldeanos. Hay una variedad de casas, algunas viejas y de madera, otras más nuevas. Se impone una iglesia blanca, con una fachada modesta, y un interior encantador, simple, su tejado sostenido por las vigas oscuras de madera y bambú carizo.

 

 

Esta simplicidad contrasta con la pared posterior de la iglesia, que está adornada con un mural de dos pisos de altura. Un centro de información cercano hace un buen trabajo de contar la historia de la geografía, los medios de subsistencia, costumbres y mitos de estas personas de montaña. Pero este mural es sin duda mucho más eficaz al comunicar acerca del mundo que estamos visitando, el mundo de los Puruhuá.

 

En la parte superior, una representación del “Taita” Chimborazo (el volcán cubierto de nieve al oeste, el pico más alto de Ecuador) irradia una sonrisa benevolente sobre todo y todos los que se encuentran abajo. La pared es una tremolina de color y actividad, representando todos los aspectos de la vida de los Puruhuás, desde la cosecha de mazorcas de maíz y cebada en los campos, hogar de jarras y platos de barro, donde se asan cuyes, donde se encuentran cóndores gigantes, colibríes, burros, llamas, cerdos, conejos, cabras, pollos y llamas bebés. Todo esto ha sido plasmado de manera artística en el mural, y nuestros guías, Tránsito Tacuri y Julia Miñarcaja, lo explican a nuestro grupo con gran orgullo; ellas formaron parte de la decisión del contenido de la pintura.

 

Eugenia Shesha dirige el proyecto de turismo comunitario desde el lindo edificio de tejas terracota que alberga una cocina y restaurante, y cuenta con habitaciones bien equipadas para los huéspedes. Dentro de lo que puedo ver, el proyecto está dirigido enteramente por mujeres, pese a que también hay un anciano que toca su trompeta curvada (en realidad, es un cuerno de animal).

 

 

Todas las mujeres llevan el vestido tradicional Puruhuá, ingeniosamente diseñado para evitar el frío de estos climas andinos: sueltas y ligeras, las blusas bordadas están envueltas en varias capas de un fucsia brillante y chales tejidos de color verde; las faldas de tonalidad verde y negro, púrpura y azul, están atadas a la cintura por chumbis (cinturones tejidos); gualcas (collares); y sombreros blancos, redondos con cintas negras que fluyen. Sus mejillas son bruñidas, sus sonrisas tímidas al principio, su bienvenida es cálida.

 

La visita a La Moya es la última en el viaje Tren del Hielo II que comienza y termina en Riobamba. Aquí, nuestro grupo se sienta para disfrutar de un almuerzo suculento, sopa de quinua y pollo con papas, jugo de mora, acompañado de habas y queso fresco – todo servido por Eugenia y su equipo de seis mujeres.

 

Salimos de Riobamba con el silbato de las ocho, pasando por los suburbios hasta que finalmente se abre el camino y sentimos la brisa de los vientos fríos a la sombra del volcán Chimborazo. El recorrido sube a través de retazos de papas, chochos y quínoa, los rieles del tren curvan y el convoy de carruajes se balancean de un lado a otro; vacas, ovejas, llamas, campesinos y granjas pintan el paisaje entre bosques de pino y eucalipto.

 

Subimos a Urbina, la estación más alta de todo el sistema ferroviario, a 3.609 msnm. Tuvimos la suerte de haber subido 1000 m. El Taita Chimborazo estaba feliz de mostrar su nevado blanco Colgate, un vasto molar inmenso y enorme que se impone en el aire azul, jugando a las escondidas con fragmentos de nubes cúmulos.

 

 

A la llegada al vigorizante frío andino de Urbina, las mujeres del proyecto de la comunidad local nos dan la bienvenida con empanadas rellenas de queso, morocho, un plato de choclo, habas y queso fresco, un fuego cálido, y, probablemente lo más maravilloso, una canción hechizante y aguda, un canto que evoca la magia de estas tierras que alcanzan hasta el sol y las estrellas.

 

Al lado, nos encontramos con el “último hielero”, un personaje reconocido, Balthasar Ushca. El idioma materno de Balthasar es Quichua, y nos cuenta sobre su vida tumultuosa buscando bloques de hielo que pesan hasta 30 kilos de los glaciares de su Taita, que lleva hasta Riobamba – un comercio que desde hace mucho tiempo ha quedado obsoleto por la refrigeración eléctrica. Ahora Balthasar lleva a visitantes y curiosos en caminatas hasta su tesoro de hielo, a casi 6.000 metros de altura.

 

“Volveré, volveré”, le dije a Eugenia Shesha en La Moya, mientras nos despedíamos de las mujeres, niños y del abuelo solitario con su cuerno/trompeta. Volveré por los campos, la sopa de quinua, más sombreros de lana y el mural, de vuelta para aprender más sobre esta intrigante y emprendedora comunidad andina.

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