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Un tren en tierra montubia

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La costa nos recibe con su calor tropical. Estamos apenas a cuatro metros del nivel del mar y durante nuestro viaje en tren al interior, sentimos la estabilidad de la planicie, algo que, más tarde, a partir de la estación de Bucay, en la frontera de las estribaciones andinas, será puesto patas arriba: es el lugar de inicio de una de las pendientes más escabrosas del mundo. Pero aquí, en esta tierra caliente, la vía férrea revela la vida del litoral como pocas experiencias pudieran hacerlo.

 

Las casas de hormigón de la ciudad se vuelven tablones de madera sobre soportales de caña y los citadinos de camisa abotonada y pantalones de tela se convierten en campesinos a torso desnudo con machetes y sombreros de paja toquilla; los techos de zinc del universo urbano sucumben a los fértiles campos color verde esmeralda de arrozales que se animan con la intensa actividad de las aves que de éstos se alimentan. Quizás notes a las garcetas bueyeras, blancas y regordetas, con un mechón anaranjado en la panza, que se paran sobre las vacas para sacarles garrapatas. Otras aves comunes son los elanios caracoleros, parecidos a los gavilanes que, como revela su nombre, se alimentan casi exclusivamente de caracoles, arrojándose estrepitosamente al pantano para, con su pico curvo, sacar las babosas de sus conchas. Gallinazos negros desafían a quien los miran con sus pequeños ojos negros, pero no son tan temibles como parecen. Te pedimos que estés alerta, porque con suerte podrás distinguir algo muy especial: un mochuelo del Pacífico –un adorable buhito come-ratones que, a diferencia de muchos de sus parientes, duerme de noche como nosotros y le gusta descansar en los árboles (e incluso alambre de electricidad) al lado de los rieles.

El “montubio” es otro protagonista. Con esta palabra se designa al hombre de la costa. Vive a un lado de sus cultivos, manipula el machete con destreza, trabaja la tierra y anda a caballo. Es, en esta zona, conocido por sus rodeos, eventos multitudinarios que reúnen a todos los vecinos de la provincia, durante los cuales los más capaces revelan su talento sobre la montura, descalzos y vestidos con elegancia. En todo el trayecto, podemos ver a estos emblemas de esta cálida y amistosa región labrando desde temprano, algunos de ellos hundiendo sus manos en los aguanales para cosechar arroz.

 

Una vez que dejamos los arrozales atrás, aparecen plantaciones de banano brotando abundantes racimos de su fruto verde. También somos testigos de las grandes plantaciones de caña a medida que nos acercamos a un pueblo que irónicamente nos recuerda un popular adagio ecuatoriano: “no lleves piñas a Milagro”… Es curioso, sin duda, que la fruta ya no crezca en este pueblo. Milagro es, en realidad, una de las productoras más importantes de caña de azúcar y observamos sus grandes ingenios en el paisaje, donde todo, repentinamente, se transforma en interminables extensiones de cañaverales.

 

Debido al cambio climático, las piñas ahora prosperan más al este, cerca de Naranjito, donde la vegetación se reduce a un millón de puntiagudas cabezas de este delicioso fruto tropical. Por último, y no menos importante, justo antes de llegar al pueblo de Bucay, entramos en tierra de cacao ‘fino de aroma’. A un lado de la vía férrea se realiza la cosecha de una mazorca que desde su descubrimiento obsesionaría a los suizos y llevaría tanto provecho a paladares del mundo.

 

La gente risueña saluda con entusiasmo el paso del tren. Padres se apresuran con sus hijos empiyamados para salir a su encuentro. Familias armadas de celulares disparan sus fotos y multitudes se concentran a medida que nos acercamos a las distintas estaciones del trayecto.

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